viernes 3 de julio de 2009

Garoña: la política de mercadillo del PSOE


Diez. No, cinco. Pues entonces, siete; ni pa'tí ni pa'mí. Así se suelen cerrar las transacciones en los mercadillos de nuestros barrios o en el Gran Bazar de Estambul. Una forma atávica de hacer negocios que, por lo que se ve, ha calado hondo en la genética de los socialistas españoles hasta determinar su forma de hacer política. Lo de la prórroga de cuatro años para Garoña, ni los dos que le quedaban ni los diez que pedían las eléctricas, ni pa'tí, ni pa'mí, ha sido lo último de Zapatero en materia de incumplimientos de promesas. Es el estilo instaurado con el Estatut catalán, la pacificación de Euskadi o la subida de impuestos para las rentas más altas. Haciendo memoria, sólo se puede recordar como cumplimiento de promesa electoral, la retirada de las tropas de Irak. Fue en la primera hora de su mandato, prácticamente la primera decisión que tomó cuando se instaló en la Moncloa. Fue una cosa de tan primera hora, que le debió de pillar de sopetón hasta a él y por eso se sorprendió a sí mismo haciendo lo que dijo que iba a hacer. Una y no más. Si se llega a tomar una semana para pensarlo, a estas horas las tropas españolas estarían todavía en aquella tranquila región hortofrutícola que, según Trillo, les asignó el amigo americano.
Lo de Garoña no ha contentado a nadie; ni a los ecologistas, que están que bufan por la tomadura de pelo, ni al lobby de las eléctricas, que sigue amenazando con la llegada del fin del mundo si no les dejan seguir llenándose los bolsillos. Ni siquiera ha contentado a los trabajadores de la central ni al sector de la población del Valle de Tobalina que pretende seguir viviendo de la cosa nuclear por lo menos otros cuarenta años, que siempre es más cómodo que desgastar neuronas y arriesgar capitales buscando otras alternativas económicas y de empleo. Quiero suponer que entre los millones de ciudadanos que votaron a Zapatero y a su programa electoral que incluía el cierre de la central, habrá quien se sentirá también al menos tan defraudado como los ciudadanos catalanes que le apoyaron con su voto desconocedores sin duda, de que Alfonso Guerra tiene un cepillo.
Lo de Garoña, ha venido a ser como lo del mapa del tiempo de ETB. Lo suyo hubiera sido que, de acuerdo con las instrucciones de Basagoiti, la infografia se hubiera reducido a los tres territorios de la Comunidad Autónoma. ¿No hablan de realidades administrativas?. Pues ¡toma!, ¡con un par!. Araba, Bizkaia y Gipuzkoa. Pero se ve que o no tienen un par, o que prefieren seguir la táctica negociadora del mercadillo. Así que optaron por mantener lo de antes y añadir más territorios para españolizar el conjunto resultante, con el peregrino argumento de que hay muchos vascos a los que les interesa conocer el tiempo que va a hacer en Castro. Y en las Landas, y en Benidorm, añadiría yo, por no hablar de los estrechos lazos que unen Ermua y Betanzos. El resultado es que ni unos ni otros se identifican con el engendro final. Es lo que tiene el intentar alcanzar la felicidad universal; que al final todos se enfadan. Lo de ni pa'tí ni pa'mí funciona para comprar tres bragas por cinco euros. La política, todavía, es otra cosa mientras no tengamos a nuestro propio Berlusconi.

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martes 30 de junio de 2009

Cartografía política


Cuando el mapa del tiempo de una televisión de convierte en cuestión de estado y salta a las primeras páginas de los periódicos, es que algo muy serio está fallando. ETB estrenó ayer los nuevos mapas para apoyar su información meteorológica. La novedad es que el perfil de Euskal Herria está ahora convenientemente troceado (como dice la consejera Celaá que van a hacer con algunas asignaturas en el modelo A) separando la Comunidad Autónoma de Euskadi de la Comunidad Foral de Navarra y de Iparralde (Francia según Basagoiti). Además, ahora aparecen los territorios limítrofes de Cantabria, Rioja o Castilla-León diluyendo el conjunto en un perfil irreconocible que, al parecer, era de lo que se trataba en el fondo.
Era ésta del mapa del tiempo una de las obsesiones del PP desde del minuto uno post electoral y su cambio se ha convertido en una de las señales del advenimiento de los nuevos tiempos a Euskadi. Conocer por adelantado el tiempo que va a hacer en Laredo o en Haro nos va a hacer un poco más demócratas y nos va a sacar de nuestro secular ensimismamiento que sólo nos conduce a tener extrañas ensoñaciones nacionalistas.
Nunca nadie, en los más de cincuenta años que lleva TVE ofreciendo la información del tiempo desde aquel heroico Mariano Medina, se ha parado a pensar por qué en los mapas españoles siguen saliendo Gibraltar y Andorra. Alguno dirá que son tan pequeños que no se ven en el mapa, y ni siquiera destacan por beber vino en demasía, así que, qué más da.
Nos dicen que el nuevo mapa se ajusta a la realidad constitucional y no les falta razón. El verdadero problema es discernir en qué medida se ajusta la sociología de los vascos a esa realidad constitucional. El verdadero problema no es el interés que podamos tener en saber si va a llover en Castro o va a hacer día de playa en Biarritz; el problema de los que han decidido cambiar el mapa es que, en el fondo, saben, porque no son tontos, que el mapa antiguo sólo les molestaba a ellos. Por eso no se han atrevido a hacer lo que les pedía el cuerpo, hacer un dibujito con los tres territorios de la comunidad autónoma. Por eso, han transigido con el perfil de Iparralde y de Navarra, difuminado, eso sí, pero presente para todo aquel que lo quiera ver. Porque saben que aquí es una mayoría la que quiere ver ese perfil, por mucho que el domingo se vaya a comer una chuletillas a Haro o a darse un baño a la playa de Noja. El problema es que ellos llevan años, décadas, empeñados en hacernos ver que el problema es el mapa, cuando el problema es otro y ellos lo saben. Ese el problema. Y no es un trabalenguas.

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jueves 25 de junio de 2009

Son como niños


El ejército español acaba de escribir otra brillante página de su gloriosa historia. Los herederos de los Tercios de Flandes no se suelen prodigar mucho, sin duda aconsejados por su natural modestia, virtud que adorna a los más grandes como todo el mundo sabe. De hecho, el glorioso asalto al islote Perejil, fue la última hazaña protagonizada por nuestros héroes quienes, tras superar al ligero (pero siempre traicionero) viento de Poniente, redujeron tras singular y valeroso combate a dos pastores marroquíes y media docena de cabras para plantar la enseña española en el corazón de la bahía de Alhucemas.
Aquello ocurrió hace ahora siete años, pero los hijos del Cid no han dejado que la herrumbre de la inactividad corroa su natural espíritu bélico ni la bizarría propia de los destinados al oficio de las armas. Alertados por los peligros que acechan a la patria desde el norte hostil y levantisco, se han apresurado a plantar una nueva pica en Flandes. Así, desafiando la siempre cambiante climatología de la zona, un grupo de héroes ha colocado la enseña patria en la Cruz del Gorbea, con desprecio manifiesto del riesgo que suponía para su integridad el hecho de encaramarse al monumento después de ingerir un bocadillo de sardinas acompañado por una lata de Coca Cola. La bandera española ya ondea en lo más alto de un territorio donde hasta ahora sólo se podía ver en las puertas de los estancos. La Patria está salvada. ¡Viva Honduras!

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viernes 19 de junio de 2009

Un mazazo

Si alguien albergaba alguna esperanza, hoy habrá comprobado que estaba equivocado. Una vez más. Ya no quedan palabras para condenar. El estupor inicial da paso a un horrible deja vu. Comunicados, convocatorias, concentraciones, manifestaciones, frases que compiten en solemnidad y declaraciones que pretenden ser más rotundas que nunca. Nada nuevo. Seguimos igual, petrificados por el horror, desorientados por la onda expansiva de una nueva bomba que ha matado a una persona y a la esperanza de tanta gente.
Parece que el debate interno que venía sosteniendo ETA según anunció hace unas semanas, ya ha llegado a la fase de conclusiones y los participantes han decidido no cambiar nada. También puede ser que esta bomba sea el último argumento que ponen sobre la mesa los partidarios de que nada cambie para cerrar el citado debate. Tal vez. No faltan 'etólogos' que se dedicarán al análisis profundo sobre algo que tantas veces han demostrado no conocer en absoluto. Es el primer día del nuevo equipo directivo de EiTB. Es el vigésimo segundo aniversario de Hipercor, aquel atentado que provocó que tantas vendas cayeran de tantos ojos para que vieran la realidad de lo que ya empezaba a ser ETA tal y como la que conocemos ahora. Es el primer atentado tras el cambio de Gobierno. Son tantas cosas que no es ninguna. Son solo palabras, palabras y más palabras escritas y pronunciadas mil veces sin que su destinatario último se de por aludido.
Por eso me sumo a Paul Ríos cuando pide a la izquierda abertzale una apuesta por el fin de la violencia. Ni siquiera me molesto en pedir una condena que sé que nunca se va a producir. Me sumo a la petición de Paul porque estoy asistiendo atónito a un suicidio político colectivo sin parangón. La bomba de esta mañana ha matado a una persona y ha destrozado a una familia. Ha sembrado más dolor, ha alimentado más odio y ha acumulado más asco y desprecio sobre los que han decidido hacerla estallar. Pero no solo eso. La bomba de esta mañana ha sido un mazazo que ha destrozado muchas esperanzas que solo se podrán recuperar si los que obligatoriamente se tienen que dar por aludidos responden de una vez por todas mirando de frente.

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jueves 11 de junio de 2009

La realidad vuelve a dejar pequeña a la ficción


Hay un personaje de éxito en una exitosa serie de televisión, llamado Mauricio Colmenero, que caricaturiza al español zopenco, casposo, racista y de derechas. Al hombre no le faltan ni el peinado al agua ni el bigotillo. La caracterización se completa con un empleado del personaje, un inmigrante sudamericano a quien nuestro héroe llama "machupichu", apelativo que, por cierto, ha hecho fortuna a juzgar por cuánto se oye en conversaciones de bar y metro, sobre todo en boca de nuestros preparadísimos jóvenes.
Se trata de una caricatura, es decir una exageración de determinados rasgos de una personalidad. Hay muchos Colmeneros en este país, y algunos incluso son tan casposos como el tabernero de la serie de televisión. Individuos que se creen superiores al resto de la humanidad por el mero hecho de haber nacido en un determinado lugar; tipos que están convencidos de que ser español es lo único serio que se puede ser en esta vida y que no alcanzan a comprender cómo puede haber gentes por esos mundos que hablan lenguas tan raras como el inglés. Los modernos, los postmodernos, los ciudadanos del mundo, se niegan a admitir que algunos de sus compatriotas sean como Mauricio Colmenero. Olvidan que los guionistas que han fabricado el personaje no han hecho otra cosa que fijarse en la realidad y dibujar una caricatura para provocar el efecto gracioso. No han inventado nada, se han limitado a copiar del natural.
Mauricio Colmenero hace gracia por su ignorancia rayana con la burricie, y hasta por su racismo tan brutal que no puede ser real. Nos reimos cuando "machupichu" se queja de las horas que mete en su trabajo en el bar, o cuando recuerda que no ha cobrado desde hace tres meses. Olvidamos que es una caricatura; una copia exagerada de la realidad. Olvidamos que hay Colmeneros y "machupichus" en nuestro entorno; muchos más de los que nos imaginamos.
Por eso nos sorprende por su brutalidad lo que le ha pasado a Edgar Franns Rilles, un inmigrante boliviano de 33 años que ha perdido su brazo izquierdo en un accidente en la panificadora donde trabajaba sin contrato doce horas al día por un sueldo que empezó siendo de 900 euros y que bajó a 700 sin más explicación. Una máquina atrapó el brazo de Edgar hasta seccionarlo. Su patrón le trasladó al hospital pero le abandonó a doscientos metros ordenándole que no diera explicaciones a los médicos. Después, cogió el brazo seccionado y lo arrojó a la basura. Ocurrió el 28 de mayo en Gandía pero no nos hemos enterado hasta ahora. La Policía detuvo al animal que perpetró la barbaridad y horas después lo puso en libertad. No debe de haber muchas panificadoras en Gandía, así que no debería de ser muy difícil para la prensa averiguar en cuál de ellas ocurrieron los hechos. Claro que tampoco nos han dicho el nombre del animal, aunque casi seguro que no se llama Mauricio Colmenero. La realidad, una vez más, ha superado a la ficción.

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