QUÉ PASA POR LA CABEZA de un ministro en plenas elecciones es también un misterio inalcanzable para cualquier mente que pretende moverse en los límites normales de la decencia. Detuvieron al comando de ETA en Cuenca y salieron los ministros del PP en fila de a uno a repetir el mensaje que tenían escrito desde que se enteraron por el ABC de la reunión de Carod con la organización. Cualquiera diría que lo tenían estudiado. Empezó Acebes que, como ministro de Interior, se guardó la primicia, y «felicitó» a Carod Rovira porque el atentado se iba a producir en Madrid y «hubiesen muerto madrileños, andaluces, a lo mejor algún catalán, pero no se hubiese producido el atentado en Catalunya». Parece imposible encontrar mayor bajeza moral, más vileza en el argumento. Pues lo hay. Zaplana es un especialista cuya catadura moral no está a prueba. Tras la consabida «felicitación» a Carod «porque él puede estar tranquilo, porque ni él ni los dirigentes de su partido tienen ningún problema», fue a lo suyo, o sea, al voto al precio que sea, que es lo único que importa. Y por si el mensaje de Acebes no hubiera sido lo suficientemente explícito, lo aclaró para que se entendiera: «Lo que censuro es que el PSOE, un partido de ámbito nacional y que quiere ser alternativa de gobierno, pacte con un partido que defiende el diálogo y el acuerdo con ETA y lo Paises Catalanes». Que Arenas dijera que Carod ha beneficado a ETA o la ha metido en la campaña, suena tan redundante como las declaraciones de las organizaciones satélite del PP, el ‘Foro de Ermua’ o ‘¡Basta ya !’, machacando el clavo con una falta de escrúpulos tan espeluznante o más que la de sus mentores políticos. No es extraño que José Montilla, doblemente concernido en su condición de secretario del PSC, estallara calificado a Acebes de «portavoz de una pandilla de mentirosos y personas sin escrúpulos». Que lo diga apenas una semana después de que Zapatero reafirmara su prioridad de mantener el pacto antiterrorista que tiene suscrito con esa «pandilla de mentirosos y personas sin escrúpulos» cabe achacarlo a la proverbial coherencia del PSOE o al calentón propio de los tiempos electorales que corren.
CLARO QUE PARA CALENTÓN el de Jean Bertrand Aristide, que ayer tuvo que abandonar Haití en busca del más agradable clima que disfrutará a partir de ahora en su nueva condición de refugiado político protegido por las potencias que le ordenaron marcharse. El ex salesiano que un día simpatizó con la ‘teología de la liberación’ y que llegó a la presidencia como defensor de los pobres, ha acabado derrocado por una revuelta popular.
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