jueves, 15 de junio de 2006

La cara B de la sociedad

Puede sonar a demagogia, pero el informe que presentó ayer el Ararteko sobre las respuestas que da nuestra sociedad, o nuestros gobernantes, a los casos de pobreza extrema no hace sino llamar la atención sobre una situación que, aunque está ante nuestros ojos a diario, escapa la mayoría de las veces de nuestra mirada, probablemente porque no hay nada más invisible que aquello que no queremos ver, y el espectáculo de la pobreza no esta en la lista de nuestros preferidos, como es evidente. El Ararteko no se refirió precisamente al número de los más excluidos entre los excluidos de nuestra sociedad de bienestar (unos 1.800 según los cálculos del Eustat), sino a la coordinación de los medios de que disponen las distintas instituciones para paliar el problema. Actualmente, la CAV dispone de algo más de mil plazas de asistencia nocturna y un medio millar largo de asistencia diurna, además de repartirse diariamente una ochocientas comidas en comedores sociales. La mayoría de estos servicios los prestan colectivos u organizaciones no gubernamentales, hasta un total de 45, ubicados en su mayoría en las tres capitales. Se deduce por lo tanto que la asistencia a pie de obra sigue siendo mayoritariamente cosa de voluntarios a los que anima bien su fe religiosa o bien su vocación solidaria hacia el prójimo. Con todo el mérito que ello conlleva para sus protagonistas, uno diría que sería más competente y conveniente, que una parte de nuestros impuestos sirviera para que las instituciones oficiales estuvieran más implicadas. Entre otras razones porque la cosa parece ir a más si tenemos en cuenta quiénes conforman el colectivo de los sin techo. Aproximadamente la mitad, emigrantes, muchos de ellos en una edad que ronda la treintena, el veinte por ciento mujeres, y bastantes, enfermos mentales sobrevenidos en muchos casos por el consumo de diversas drogas. Es éste un colectivo que suele ocupar las páginas de los periódicos en el más crudo invierno. Cuando alguno de ellos muere de frío, o cuando alguien se siente Dickens y quiere escribir su propia Canción de Navidad. Por eso viene bien la llamada de atención del Ararteko ahora que el calor nos conduce a ese estado de estúpida felicidad que nos proporciona el verano. Es bueno que nos recuerden que en Euskadi también tenemos tercer mundo.

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