Queda claro que los que están convencidos de que lo suyo se soluciona poniendo bombas y matando inocentes por centenares, están a punto de conseguir su objetivo. Poco a poco, bomba a bomba, amenaza a amenaza (sea ésta falsa o no) están logrando que el famoso debate entre la seguridad y la libertad se decante hacia la primera de las premisas. Siglos de lucha colectiva por la dignidad individual están a punto de irse al traste. Nos vigilan y nos filman en el espacio público y en el privado; saben todo acerca de nuestras idas y venidas, de nuestros gustos, de nuestros ocios y de nuestros negocios, y encima estamos encantados de que sea así porque nos sentimos más seguros. Cada atentado, cada sospechoso detenido, cada red desmantelada, significan una vuelta de tuerca más en la seguridad. Es por nuestro bien, nos dicen, y nos lo creemos aunque sólo sea porque la alternativa, la libertad a costa de un riesgo cada vez más cierto, es para echarse a temblar. La seguridad le está ganando la batalla a la libertad. Otra cosa será que se la gane al negocio, tercer elemento en el debate. Así, mientras seis ministros europeos debatían la posibilidad de identificar a los pasajeros de los aviones mediante control informático del iris y de sus huellas digitales, y EE.UU. añadía la exigencia de tener en su poder las listas de viajeros con rumbo a sus aeropuertos antes del despegue y no quince minutos después, como hasta ahora, varias aerolíneas se planteaban demandar al Gobierno de Londres por las pérdidas causadas por la última alerta. Una cosa es vigilarnos por nuestro bien, y otra perder dinero por mantenernos seguros. Hasta ahí podíamos llegar.
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