Sobra la comparación. Es tan cierto que en el colectivo de presos de ETA hay reos de crímenes horribles como que hay quienes están cumpliendo larguísimas condenas por hechos que de perpetrarse en otro lugar que no fuera Euskadi, no hubieran merecido más consideración, y condena, que la que corresponde a una gamberrada. Por no hablar de aquellos que han cumplido la pena que se les aplicó en su día en virtud de la ley en vigor, y sufren ahora una prórroga.
En cualquier caso, se pide su acercamiento a prisiones cercanas a sus lugares de origen, no su excarcelación. Con su anuncio, bien es cierto que extraoficial, el Gobierno de Zapatero ha venido a dar la razón a los que afirman que los presos vascos cumplen el papel de rehenes en una guerra. ¿Cómo si no entender que supedite cualquier decisión respecto a ellos a un movimiento político de la izquierda abertzale?
Rafael Vera ya disfruta del tercer grado tras cumplir año y medio de una condena de siete por malversar fondos públicos. Antes, sólo tuvo que cumplir ocho meses de una condena de diez años por el secuestro de Segundo Marey para ser indultado. Nadie discute que Vera no tenga derecho a disfrutar de todos los derechos que corresponden a cualquier preso. Pero nunca tan claro como en este caso eso de que las comparaciones son odiosas.
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