El veneno ha sido de siempre una buena forma de solucionar problemas tanto en la literatura como en la vida real. Los emperadores romanos ya resolvían con él algunos conflictos. Madam Bovary se quitó de enmedio con arsénico y Rasputín dejó de enredar después de que le aderezaran su última cena. En el viejo ‘El caso’, aquel precursor en papel de los actuales programas de televisión de mayor éxito, se publicaron muchas historias de envenenamiento, mayormente a base de matarratas, un veneno como más racial y acorde con la clientela a la que se dirigía aquel periódico. Algunos hechos están poniendo de manifiesto que el presidente ruso, Putin, es un buen aficionado al uso del veneno. El rostro del presidente ucraniano Yuschenko daba fe hasta ahora. A partir de ayer, otro rostro y otra mirada han quedado para siempre en nuestra memoria: los de Alexander Litvinenko, un antiguo espía que ha muerto tras ingerir una buena dosis de polonio 210, una sustancia radiactiva. Investigaba quién había asesinado a la periodista Politkovskaya, que a su vez acababa de escribir un reportaje contando el genocidio que Moscú está perpetrando en Chechenia. A Litvinenko le dio tiempo a darse cuenta de lo que le estaba pasando y a escribir una carta dirigida al que acusa de ser el responsable último de su muerte. «Usted puede tener éxito en silenciar a un hombre pero los gritos de protestas de todas las partes del mundo van a resonar, señor Putin, en sus oídos el resto de su vida». Demasiado optimista Litvinenko. Putin está negociando con la UE las exportaciones de carne, lácteos y verduras comunitarias, de las que Rusia es principal cliente. Practica lo que ahora se entiende por democracia.
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