De los casi mil euros que le cuesta la Navidad a cada español, más de la mitad se le va en regalos. Se ve que hizo fortuna aquel viejo eslogan que se le ocurrió a algún comerciante, que invitaba a ‘practicar la elegancia social del regalo’ y no es cuestión de quedar como patanes con la familia y menos con las amistades. Lo mejor de todo esto es que, descuentas a los niños por lo que les va en ello, te sobran los dedos de una mano para inventariar a los que te reconocen que les gusta la Navidad y todo lo que conlleva. El que no se pone nostálgico, recuerda a los ausentes, y quien no cae en la melancolía, maldice la fiebre consumista y los villancicos de los centros comerciales. Alguien debería hacer un estudio sociológico para descubrir la razón por la que unas fechas que la mayoría dice odiar o, como mucho, soportar, enganchan tanto que a nadie parece importarle gastarse lo que no tiene con tal de que no decaiga la fiesta. Será que, efectivamente, seguimos sin conocer los límites de la estupidez humana.
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