La muerte de Pinochet ha despertado memorias adormecidas. De pronto, todos hemos regresado a aquel septiembre de 1973 y hasta hemos rescatado algún viejo disco de Víctor Jara para poner un hilo musical a nuestra nostalgia. Pero al recordar las palabras del último discurso de Allende hemos podido constatar que en Chile, y en tantos otros sitios falta mucho para que vuelvan a abrirse las anchas alamedas por donde pase el hombre libre. Miramos a Chile y el recuerdo hace de espejo donde se refleja nuestra propia historia. ¡Qué lamentos de nuestos demócratas porque Pinochet ha muerto sin expiar sus culpas ante la Justicia!. ¿Lo hizo acaso nuestro dictador?. A los chilenos todavía les queda el consuelo de que pudieron ver al monstruo humillado hasta el punto de hacerse pasar por incapaz con tal de no encarar un Tribunal. Les queda la satisfacción de que pudieron reprocharle en vida su condición de ladrón, además de la de asesino, tras descubrir sus cuentas bancarias escondidas en democráticos países. Aquí, un presidente socialista no tuvo mejor idea que usar el Azor para veranear y, por supuesto, ni media palabra de pazos, joyas o cuentas corrientes. Aquí, a los herederos se les premió con un marquesado. Aquí, todavía ayer, el presidente del principal partido de la oposición afirmó que Pinochet dejó a Chile mejor de lo que la había encontrado aunque, eso sí, «cometió algunos excesos». Allí, una periodista fue agredida por seguidores del muerto, ante la pasividad de la Policía, que a la misma hora cargaba contra quienes celebraban la desaparición del dictador. Aquí, ayer mismo el TS denegó a las familias de dos anarquistas ejecutados en 1963 la revisión de su juicio. Así se escribe la historia.
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