La imagen de centenares de personas huyendo despavoridas del estallido de una bomba de potencia descomunal, cuando lo único que pretendían era tomar un avión para disfrutar de la nochevieja con sus seres queridos, es otra escena que nos devuelve de golpe todo el horror que habíamos pretendido olvidar en un ejercicio de amnesia colectiva más bienintencionada que real. Nos las prometíamos tan felices que todavía no acabamos de entender qué es lo que ha pasado, ni por qué. Ni siquiera los que debían explicárnoslo pueden hacerlo porque ni ellos mismos saben cómo ni por qué. Decía el ministro Rubalcaba que no estamos ante un hecho racional, y es difícil no estar de acuerdo con él esta vez. Si recurrimos a la vieja pregunta de los romanos, qui prodest?, ¿a quién beneficia?, no encontramos una respuesta racional. Vale. Seguramente usted está pensando en quiénes se están frotando las manos en estos momentos. Pero tendrá que reconocer que tampoco es racional que haya personas que se alegren de que un proceso de paz se esté yendo por el desagüe ante nuestra mirada impotente. Ya que no hay respuesta para la pregunta del romano, formulémosla en sentido opuesto. ¿A quién perjudican hechos como los de ayer en Barajas?. La respuesta salta a la vista por obvia: a nosotros, a todos nosotros. Ayer nos devolvieron al pasado. Es cosa nuestra retomar el camino hacia el futuro.
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