Que no hay manera, vaya. El pasmo del balompié se ha ido como suele, a las primeras de cambio y con un balance que no resiste el análisis más patriótico ni siquiera de los políticamente correctos. La selección española ha ganado a Ucrania, a Túnez y a Arabia Saudí, tres reconocidas potencias, una de las cuáles, la goleada y humillada, sigue por cierto, en Alemania, y ha ido a caer como siempre en cuanto se ha enfrentado a un equipo de verdad. Eso sí, los franceses tienen que estar muy tristes porque ellos están en el final de un ciclo y España en la rampa de salida hacia la gloria. El que no se consuela es porque no quiere.Todo ha sido tan recurrente como siempre. Euforia artificial, venta de la piel del oso antes de cazarlo y los dientes partidos contra la dura realidad. En el camino algunas audiencias habrán crecido y a falta de valores más tangibles, han vendido patriotismo y ‘vivaspañia’ a quien se lo haya querido comprar.
Yendo al matiz, esta vez ha habido una pequeña diferencia. Salvo excepciones nadie se ha tirado a degüello a la búsqueda del culpable según Zidane metió el tercer gol. Pero eso no quiere decir que no lo vayan a hacer. Ha sido sólo una mera cuestión estética. Probablemente hasta ellos se han dado cuenta de los niveles de ridículo que suelen alcanzar en estos casos y han preferido disimular. Pero que nadie se engañe. Culpables, haberlos haylos y los habrá, faltaría más; y ganas de ahogar la frustración también, no lo duden. Ahora empieza la segunda parte de la misma función que se repite cada dos años: la de señalar con el dedo al responsable de que las cosas no hayan salido tal y como habían dicho que tenían que salir. La de poner nombre al almirante de la Armada Invencible que ha vuelto a naufragar, la de señalar al que ha perdido Cuba y Filipinas en el área pequeña. Permanezcan atentos a la pantalla. Les aseguro que se divertirán.
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