Ves las fotos en los periódicos y la memoria te devuelve imágenes y palabras que creías olvidadas. Banderas españolas a todo trapo, brazos en alto, Cara al sol, Falange... Unos tipos con las cabezas rapadas, más por dentro que por fuera, tomaron durante unas horas las calles de Iruñea, protegidos por la Policía, para reclamar la «españolidad de Navarra». Era una convocatoria conocida de antemano, pero no tengo noticias de que ni el PP, ni ningún Foro pidiera que el fiscal interviniera de oficio, de que nadie de los habituales rasgadores de vestiduras pusiera el grito en el cielo porque la Falange anunciara una manifestación. A lo mejor es que la Falange no es un partido ilegal. A estas alturas de la política de este país, ni lo sé y, la verdad, ni me importa. Debo suponer, por lo tanto que, la cosa les parecería de lo más normal y democrático, incluso que estaban de acuerdo con la convocatoria y con su lema. Tan normal y democrático como que un arzobispo saludara al personal con un tricornio en la cabeza. Y no me digan que ya lo hizo antes su jefe en el Vaticano. Lo más probable es que todavía Ratzinger no se haya enterado de qué clase de extraño tocado le colocaron en la cabeza aquel día. Pero el arzobispo Sebastián sí que sabe de qué se trata. Vaya que si lo sabe. ¿Resulta exagerado afirmar que por su edad también recordará aquellas imágenes de las sotanas con pistolón a la cintura?.
A día de hoy los que tanto ruido hacen en otras ocasiones, siguen callados. El único que ha hablado, Miguel Sanz, lo ha hecho para decir que la ‘kale borroka’ está crecida porque grupos de contramanifestantes provocaron algunos destrozos. Esa es la valoración que le merece la celebración de la ‘fiesta nacional’ en Iruñea. Por si a alguien le quedaba alguna duda.
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