Llevamos apenas unas horas de Semana Santa y treinta y cuatro personas ya no podrán volver, como pedía el viejo eslógan de la Dirección General de Tráfico. Bueno, no es que no puedan volver; es que no han podido ni irse. Murieron cuando iban camino de eso que llamamos un merecido descanso y se encontraron con el descanso eterno a la vuelta de una curva. Y todavía han quedado por ahí otros treinta heridos graves, que se dice pronto y como para completar la estadística, pero que a partir de ahora serán otros tantos dramas de invalidez, secuelas físicas y psíquicas incurables y un infierno en vida. Catorce muertos más que el año pasado en la operación salida, y ello a pesar del famoso carné por puntos, que parece que, como tantas otras cosas, una vez pasada la novedad, ya está ocupando su lugar en el sitio que le corresponde en el armario de la rutina. A todo se acostumbra uno, hasta al castigo. Si nos hemos acostumbrado a contar los muertos en la carretera cada fin de semana, cómo no nos vamos a acostumbrar a que nos quiten cuatro puntos con la multa si además los puntos son recuperables mediante examen de repesca como las evaluaciones de nuestro antiguo bachiller.
Lo que nos hace diferentes al resto de los europeos, también en esto, es en que además de tener más muertos que nadie, algunos los usan como arma arrojadiza contra el gobierno de turno. Ya se oyen voces proclamando que los treinta y cuatro de la operación salida demuestran que el carnet por puntos no vale para nada por lo tanto que se joda el gobierno por tener las carreteras secundarias echas unos zorros. La DGT, que es el Gobierno, achaca los accidentes al exceso de velocidad, o sea a la propia irresponsabilidad de los muertos. La cosa es señalar con el dedo. Y dentro de siete días, lo mismo...
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