Jamaica esperaba en la tarde de ayer la llegada del huracán ‘Dean’ y hoy mismo la península mexicana de Yucatán sufrirá las consecuencias del paso de este fenómeno natural si no se produce un cambio de última hora en su trayectoria. Cuatro muertos ya en Santa Lucía, Martinica y República Dominicana, miles de turistas desalojados y millones de dólares en destrozos, son los primeros datos que nos llegan desde los territorios afectados. Las noticias apuntan a que este huracán, calificado de categoría cuatro por los meteorólogos, es una de esas catástrofes naturales que, usando otros baremos para medir, podríamos calificar como destinados a los pobres. Porque ya saben que hay catástrofes naturales para pobres y para ricos. Las primeras siembran a su paso muerte, destrucción y caos; las segundas sirven para confirmar el alto grado de desarrollo de la sociedad afectada en su momento. Pongámonos en un terremoto de la intensidad que quieran atribuirle los científicos, o en el tifón más temible. Sus consecuencias serán distintas si se producen en Japón o unos kilómetros más al sur. A estas horas en Perú están sufriendo no sólo los efectos del temblor de tierra que ha asolado la ciudad de Pisco, sino las consecuencias de años y años de gobiernos corruptos que han asolado las estructuras básicas del país. Las víctimas del terremoto deben hacer frente ahora a los saqueadores que quieren sacar provecho del caos, pero dentro de unos días o semanas deberán sufrir también a los que oficialmente les defenderán de los saqueadores y finalmente a las autoridades y a la burocracia donde se perderán las ayudas que les tendrían que llegar. Ojalá los hechos me desmientan pero el huracán ‘Dean’ también tiene toda la pinta de ser un huracán de pobres.
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