Les ha costado tres meses pero al final lo han conseguido. Vuelven a las portadas de los periódicos y a las aperturas de los noticiarios con los espectaculares efectos de su nada festiva pirotecnia. Coches destrozados, fachadas en ruinas y desolación. Llevaban mucho tiempo siendo noticia por lo mal que les iban las cosas, que no hacían más que detenerles y desarticularles en controles ‘rutinarios’. Pero esta vez han conseguido salirse con la suya aunque sólo sea a medias, porque supongo que el que coloca casi cien kilos de explosivo al lado de un lugar habitado busca algo más que romper unos cuantos cristales. La suerte sigue estando de nuestra parte. De parte de la gente normal que en este país se dedica a trabajar, a estudiar, a ir de copas en fiestas... en definitiva a vivir. Para ellos somos sólo personajes alienados por la televisión y por la hipoteca, seres inferiores incapaces de compartir las elevadas visiones de los elegidos, que son ellos por supuesto, pobres diablos que ni siquiera somos capaces de seguir a la vanguardia que nos guía hacia el futuro. Qué le vamos a hacer. Por la mala cabeza de la inmensa mayoría, unos pocos elegidos se ven obligados a ponernos bombas y a matar al prójimo. Lo hacen por nuestro bien, para liberarnos de nuestros opresores y para ganar esta guerra que estamos manteniendo con nuestros enemigos y que nunca termina de acabar. ¡Qué cansancio!, Vuelta a lo mismo otra vez. A las condenas más enérgicas, a los emplazamientos para que condenen los otros, a los llamamientos a la unidad de los demócratas que durará dos días, al recuerdo de los presos, al conflicto, a la necesidad del diálogo que no es lo mismo que la negociación, al cálculo electoral, a las amenazas, a los amenazados... al sufrimiento de todos. ¿Hasta cuándo?.
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