Hoy se cumplen 80 años de la ejecución en la silla eléctrica de los anarquistas italianos Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, un buen zapatero y un pobre vendedor de pescado, como se definieron ellos mismos. Les acusaron injustamente del asesinato del pagador de una empresa de Massachusetts, falsificaron las pruebas y los testimonios en el juicio y les sentaron en la silla eléctrica de la cárcel de Boston. Su delito fue ser inmigrantes pobres y anarquistas en un momento de la historia en que en los EE.UU._se vivía en medio del pánico al comunismo y al terrorismo. Un año antes, un presunto grupo anarquista había organizado un atentado a gran escala enviando treinta bombas a los hombres más poderosos del país. Fallaron el golpe pero crearon las condiciones que propiciaron injusticias como la que sufrieron los dos italianos. Fue tan flagrante la manipulación del juicio, que las movilizaciones de protesta se sucedieron por todo el mundo. Como suele suceder en estos casos, medio siglo después de las ejecuciones, el Gobierno de turno reconoció el error, proclamó la inocencia de los ajusticiados y pidió disculpas a sus herederos. Pero no parece que la experiencia sirviera de lección. Al contrario. Hace ochenta años bastó la muerte de dos hombres para movilizar el mundo mientras que ahora permanecemos impasibles ante los miles de muertos de la guerra total al terrorismo declarada por EE.UU. y miramos hacia otro lado por no ver lo que ocurre en Guantánamo. Y_no tienen los americanos la exclusiva. Ahí está el electricista brasileño Menezes acusado, juzgado y ejecutado en el mismo acto por la policía británica en plena calle días después de los atentados de Londres. El miedo colectivo es el mejor abono para que florezcan la injusticia y la arbitrariedad.
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