Este es un país de tradiciones, de acendradas tradiciones diría yo. Basta que un acto, festejo o procesión se repita un par de veces para que a la tercera estemos hablando del tradicional evento que ya no puede faltar en nuestra vida en determinada fecha señalada. Recuerdo que en Donostia organizaron una vez una carrera de cuadrigas en La Concha y al año siguiente según leías un diario local la carrera era ya tan tradicional que nadie podía desmentir que Ben-Hur y Masala no fueran dos chavalotes de Gros. Por seguir señalando, yo creía en mi ingenuidad que Celedón llevaba bajando a Gasteiz desde cuando la catedral vieja no estaba necesitada de restauración y resulta que este año se han cumplido los cincuenta años del tradicional evento. Claro que mucho más joven es Marijaia, que el año que viene cumplirá los treinta, y mira si no hay tradiciones inmutables en la Aste Nagusia bilbaína. Algunas tan penosas que el ayuntamiento ha decidido establecer unos premios para ver si le quita de la cabeza a la chavalería la idea de que la guarrería, por muy tradicional que se empeñen que sea, es sólo eso, guarrería. A lo mejor si consiguen hacer entender a un quincerañero que la costumbre de tirarse huevos, harina y colacao data de menos de media docena de años y no es una cosa que se remonte a don Diego López de Haro, tienen parte del camino andado. Eso en el caso de que el quinceañero en cuestión sepa quién fue don Diego, aunque ya se sabe que un adolescente es capaz de cualquier cosa con tal de llevar la contraria al adulto. Pero poco se puede pedir a la chavalería si el concejal Basagoiti, eterno y repipi adolescente político, y los del otro extremo se siguen empeñando en recuperar la tradición de la guerra de las banderas .
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