El asunto de la desaparición de la niña inglesa Madeleine McCann lleva camino de traspasar todos los límites conocidos de la conducta humana. En las últimas horas ha derivado en una pendencia entre la prensa portuguesa y la inglesa, discusión en la que ha intervenido hasta el director general de la Policía lusa, desmintiendo la versión de un medio inglés que aseguraba que al cien por cien, los restos biológicos hallados en un coche alquilado por el matrimonio McCann correspondían a su hija desaparecida. Básicamente, los ingleses apuestan por la inocencia del matrimonio y los portugueses han sacado el dedo acusador desde que su fiscalía consideró sospechosos a los McCann, en un inverosímil giro de la historia que pondría en entredicho hasta la infalibilidad del Papa, quien en su día recibió al afligido matrimonio de médicos católicos practicantes y ahora se ha apresurado a retirar el link que unía la web de los McCann con la del Vaticano. Hasta aquí ha llegado este drama que de afectar a lo más íntimo del corazón de unos padres, pasó a ser una historia para el consumo de las masas, siempre ávidas de llevarse un trozo de carne fresca a la boca cotilla. La dimensión mediática de un asunto como la desaparición de un menor, que sin ser habitual tampoco es insólito, se presta a una tesis sobre la capacidad de manejo de los medios que han tenido los McCann y sus allegados y la facilidad con la que dichos medios se prestan a convertir en noticia durante cuatro meses lo que casi nunca pasa de ser un suceso. A nadie puede extrañar que el drama haya dado paso al culebrón donde la lágrima interesa mucho menos que el número de botellas de vino que se bebió el grupo de matrimonios amigos ingleses la noche de autos.
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