El
Guggenheim ha invitado a su visitante diez millones a un viaje a Nueva York (gratis total, of course) al estilo de aquellos premios que se llevaba el turista un millón allá en el pleistoceno cuando Fraga inauguraba Paradores Nacionales por cuenta de Franco. No sé yo si esto de premiar al visitante diez millones tiene mucho glamour, pero uno de los valores del museo bilbaíno es su enorme aceptación popular, hasta el punto de que los puristas dicen con desprecio que es más un parque temático que una pinacoteca. Probablemente serán los mismos que se quejan de lo vacíos que están los museos. Pero así de frágil es la memoria de los seres humanos. Tanto que ahora, diez años después de su inauguración, el visitante diez millones que ha llegado de Zaragoza, o un marciano que aterrizara en Bilbao, pensaría que el Guggenheim se construyó en su día por suscripción popular, tal es la unanimidad a la hora de ensalzarlo. Cualquiera diría que las feroces críticas que concitó el proyecto fueron sólo una especie de realidad virtual y que todos, desde los políticos hasta los representantes del mundo de la Cultura, pasando por el pueblo llano, estuvieron, estuvimos, entusiasmados con la idea de sustituir el entramado industrial de la Ría, por un museo de patente estadounidense, seguros de que se convertiría en la locomotora de la resurrección económica de la ciudad. Salvo el arquitecto
Iñaki Uriarte que se opuso entonces y sigue oponiéndose ahora, el resto fue un clamor por el museo. Estaría bien que alguien con tiempo y ganas editara una recopilación de la hemeroteca de la época.
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