Algunas conclusiones desde la neutralidad. Todos los españoles que se proclaman ciudadanos del mundo y aborrecen de los nacionalismos se han puesto como un solo hombre detrás de su Rey, elegido por el dedo de Franco, y han puesto de chupa de dómine al dictador Chávez, elegido reiteradamente en las urnas por los venezolanos en elecciones garantizadas por observadores internacionales, incluidos algunos españoles que le llaman dictador. El propio Zapatero ha salido en defensa de su connacional Aznar por la única razón de que lo es, es decir, de que fue presidente del Gobierno español durante ocho años y por lo tanto, entiende el actual mandatario que debe salir en su defensa si median ofensas de un extranjero. Una actitud, la de Zapatero, que ha sido largamente elogiada también por todos, excepto por el PP, que primero le dice que muy bien pero que llega tarde, y luego que lo que ha ocurrido ha sido por su culpa, por tener amigos como Chávez, o Evo Morales.
La imagen del Rey señalando con el dedo a Chávez y ordenándole callar es, como poco, fuerte y denota cierta predisposición genética al ordeno y mando, más cercano al absolutismo que al constitucionalismo, además de poner de manifiesto su poco aguante a la crítica a la nación propia y a los connacionales, sean estos ex presidentes de Gobierno o empresarios que siguen haciendo las Américas.
Nadie, o casi nadie, ha entrado en el meollo de las acusaciones de Chávez sobre el papel de España, a través de su embajada en Caracas, durante el golpe de Estado de 2002, siendo Aznar, efectivamente, presidente y todos o casi todos, coinciden en hacer correr un tupido velo sobre el asunto. La gravedad de la acusación requeriría una respuesta y un desmentido más argumentados que el tú te callas.
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