Las televisiones privadas se han sentido aludidas por el asesinato de una mujer a manos de su ex pareja días después de que ambos participaran en un programa de Antena 3. Conviene puntualizar aquí que la mujer acudió engañada y sin saber que se iba a encontrar con el individuo sobre el que ya había pesado una orden de alejamiento. Todo sea por el morbo que da audiencia.
La respuesta que suelen dar las televisiones y algunos expertos en estos casos, tras una encendida defensa de la libertad de expresión, suele ser que al fin y al cabo, el televidente tiene en su mano el poder del mando a distancia para no caer en un programa que no le gusta. Lo que no dicen, porque no les interesa, es en cuantos casos ese espectador es alguien, menor de edad o no, influenciable por lo que ve en la caja tonta, ya sea por su nivel de educación o por su propia personalidad. Un vistazo a lo que llaman parrilla nos da una idea bastante aproximada de cuántos programas están pensados para menores de edad mentales, empezando por los de contenido rosa y acabando por esos concursos absurdos a partir de la medianoche.
Las televisiones privadas han demostrado con hechos que no sólo no son capaces de autorregularse sino que no tienen ninguna intención de hacerlo. Con todo el respeto no sólo a la libertad de expresión que tan gratuitamente esgrimen algunos, sino a todas las libertades y derechos que asisten en nuestro sistema capitalista y liberal a las empresas privadas, incluidas las televisiones, alguien tendría que ir pensando en regular sus contenidos, al menos de acuerdo a unos horarios. Si eso implica que algunos empezarían a tener dificultades para cuadrar su cuenta de resultados significaría que formamos una sociedad que no se merece otra televisión que la que padece.
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