Por la tarde he estado en un hospital. Una persona muy allegada lo está pasando realmente mal y los que le queremos sufrimos con ella aunque todos, ella y nosotros, procuramos esconder nuestro dolor físico y moral detrás de una sonrisa. También es Navidad en el hospital. Pero allí los compradores compulsivos nos volvemos personas que no necesitan aparentar la felicidad que en ese momento no tenemos, ni siquiera comprando tres porciones al precio de dos.
Más tarde he ido a oir cantar a una todavía un ligero olor a hospital en mi ropa mientras la artista disfrutaba en el escenario. La vida, la edad, el eslabón que ocupas en la cadena familiar, te obliga a veces a convertirte en tapón que corte los vasos comunicantes entre el dolor y la felicidad sin que por ello se rompa la cadena. No me da la gana de ponerme melancólico y no lo voy a hacer. A veces el dolor y la felicidad viajan en asientos contiguos del mismo vagón y hay que saber compartir el viaje. Es la vida. O eso creo.
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1 comentarios:
He pasado hace unos años por una experiencia similar, Juan Carlos, y, una vez más, das en el clavo con tu comentario.
Feliz navidad, o, como comento en mi blog, que tengas suficiente.
Un fuerte abrazo.
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