miércoles, 19 de diciembre de 2007

Cuando la ecología se convierte en un lujo

Primum vivere, deinde filosofare. Algo así debieron de pensar los arrantzales vascos cuando decidieron llegar a un acuerdo con sus colegas del otro lado de la frontera para repartirse un TAC de ocho mil toneladas de anchoa durante 2008. No lo podrán hacer porque el Consejo de Ministros de la UE ha acordado mantener la veda al menos durante el primer semestre, a la vista de los alarmantes informes científicos que sitúan a la especie a punto de desaparecer.
Los arrantzales, que han practicado siempre la pesca artesanal, respetando épocas y autoimponiéndose cupos a medida que el pescado ha ido escaseando, han sido los primeros ecologistas que he conocido desde niño. No sabían nada de rango teórico, ni de la existencia de palabras ajenas a su vocabulario como ecosistema, pero sabían que si no respetaban el medio que les daba de comer, tarde o temprano acabaría pasándoles factura, como así ha sido por culpa, sobre todo, de la pesca industrial desarrollada durante años con total impunidad por flotas cuyos propietarios ven la mar cuando están de vacaciones.
Los arrantzales han sido quienes durante todos estos años, sobre todo los tres últimos, han clamado por el cierre de la pesquería de la anchoa, porque asistían impotentes a su desaparición. Pero ni la evidencia de la escasez de capturas, ni los informes científicos, han servido para detener el expolio, que incluso se ha seguido desarrollando de forma encubierta bajo la coartada de realizar campañas científicas para comprobar el estado real de la biomasa de la anchoa.
¿Qué ha ocurrido para que de la noche a la mañana los arrantzales pactaran con sus vecinos el reparto de los escasos restos que quedan?. Principalmente dos cosas. Por un lado, su convicción de que esta vez tampoco nadie les haría caso, por lo que se han adelantado a procurar del mal el menor, como se suele decir. Por otro, el peso de dos campañas sin capturas y viviendo de las subvenciones oficiales. Demasiado para unos hombres orgullosos de valerse por sí mismos incluso en las peores circunstancias, y hartos de mendigar unas ayudas económicas escasas y tardías. En definitiva, para ellos la ecología se ha convertido en un lujo que no se pueden permitir.

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