Horas después del atentado de Capbretón, tanto desde la oposición como desde las filas del Gobierno, sólo se habla de una previsible ilegalización de ANV, las últimas siglas que ha utilizado la izquierda abertzale para presentarse a las elecciones, y que pasarán a ser las penúltimas si el Gobierno y la oposición siguen adelante con la teoría de que ilegalizar las estructuras políticas de esa parte de la sociedad vasca es una receta eficaz para acabar con ETA. Llevamos ya demasiadas ilegalizaciones como para que no haya quedado empíricamente demostrado que ese camino sólo conduce a esperpentos como la alcaldía de Lizartza en manos del PP, o dramas como los que tienen que enfrentar a diario los componentes de la gestora que trata de regir la vida municipal de Ondarroa.
La Ley de partidos, redactada por el PP con el apoyo entusiasta del PSOE, prevé efectivamente que ANV puede ser ilegalizada si se sigue empeñando en no condenar los atentados de ETA. Pero ni ANV ni ninguna organización de la izquierda abertzale condenará nunca un atentado de ETA, y eso lo saben el ministro de Interior, el presidente del gobierno y el líder del principal partido de la oposición. Podrán ilegalizar a ANV, como de hecho lo harán más temprano que tarde, porque es la propia Ley la que no deja otra salida, y la izquierda abertzale abrirá entonces un nuevo capítulo de listas blancas y negras, de trucos jurídicos y trampas legales. De hipocresías y de interpretaciones de la ley, un juego en el que el PP, no nos engañemos con estos cantos a la unidad, volverá a presionar al Gobierno para sacar tajada en las urnas, y donde la izquierda abertzale volverá a explotar todas las contradicciones del sistema como sólo desde ese mundo saben hacerlo, probablemente porque se lo ponen muy fácil.
La terrible paradoja que sufrimos es que todo conduce a una nueva ilegalización, pese a que todos sabemos que de nada han servido las anteriores. No es posible ilegalizar a una parte significativa de la sociedad vasca, ni acabar con una sensibilidad política que comparte una parte aun más amplia de esa sociedad. Acabar con ETA es una meta compartida por la inmensa y apabullante mayoría democrática. Ilegalizar las ideas es otra cosa bien distinta.
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1 comentarios:
A ver, que te veo un poco tibio y equidistante entre los asesinos y los asesinados. No es cierto que las ilegalizaciones anteriores no sirvieran de nada. Sirvieron para dejar a los terroristas sin dinero público para pagar atentados y para no darles acceso a todos los censos de los pueblos donde andaban enquistados.
ANV y cualquier otra marca del terrorismo debe ser ilegalizada, como medida de higiene. ¿De qué sirve tener en el parlamento a grupos que sólo buscan la manera de reventarlo? Tras el adiós definitivo de ETA a las armas podremos dejar que vuelvan, porque entonces la democracia será su única arma.
Hablas con demasiada ligereza del drama de la gestora de Ondarroa. Drama es el que pasan ahora las familias de Trapero y Centeno, y no lo de Ondarroa.
NO se dialoga con los que tienen pistolas. Primero fuera las pistolas y luego hablamos. O eso o nosotros también usaremos pistolas (léase las de la policía y la Guardia Civil) y no pararemos hasta que el último etarra está en la cárcel, a ser posible de por vida.
Con el PP, a pesar de todos sus fallos, ETA y el mundo abertzale que la apoya estuvieron en sus mínimos históricos, alejados de las instituciones, acosados policialmente, con cada vez menos fuentes de financiación a medida que sus empresas iban siendo cerradas y confiscadas, y sus periódicos de propaganda cerrados. Estuvimos muy cerca de lograrlo.
Pero ZP tiene otra manera de hacer las cosas, y ésa sí que ha demostrado ser ineficaz. Mano dura, señores, es lo que siempre ha funcionado. O eso o que los de ETA recapaciten, abandonen las armas para siempre y se metan en política. Pero sabemos que eso no ocurrirá.
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