Sin embargo, hay dos modalidades de muerte masiva que apenas afectan a nuestras conciencias y sólo llegan a las más altas instancias políticas cuando no queda más remedio o se olfatean elecciones. Hablo de las muertes en el trabajo y en la carretera. En cuanto a las primeras, ni siquiera hay coincidencia en el método de contabilizarlas por lo que, ahora que llega el fin de año, asistiremos a la presentación de estadísticas dispares, según sean la administración, las organizaciones patronales o los sindicatos, los encargados de contar cuántos de nosotros han muerto estos doce últimos meses por trabajar.
De las que se producen en la carretera, hace tiempo que se han convertido en una mera estadística sin más trascendencia que servir para tapar un hueco en la prensa, y no muy relevante, en épocas en las que los periódicos están ayunos de noticias. Desde el sábado, día 22, hasta las 24 horas del día 25, las carreteras se han cobrado la vida de treinta y siete ciudadanos, por emplear la terminología al uso. A estas horas les lloran sus familiares y sus amigos más cercanos, aquellos para los que la muerte ya nunca más será una mera estadística. Para todos los demás seguirá siendo eso, una cifra sin más relieve, excepto por la cara y el nombre de la familiar de un preso de ETA, rescatada del anonimato estadístico por su condición de tal.
Para cuando acabe el periodo navideño, la cifra habrá aumentado de forma considerable. A nadie se le oculta esa certeza, pero estamos resignados a esta catástrofe anunciada. Dicen que es el impuesto que tenemos que pagar si queremos mantener nuestro estilo de vida. Qué le vamos a hacer...
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