Uno de los argumentos más pedestres que suelen emplear la Iglesia oficial y sus voceros para demonizar las uniones entre homosexuales, es que esas uniones pueden provocar el fin de la humanidad por su nula producción de nuevos individuos, por obvias razones biológicas. La Iglesia siempre ha entendido el matrimonio como una factoría de fabricar niños para el cielo, que es lo que nos enseñaron en nuestras ya lejanas clases de Religión. De acuerdo con este dogma, los matrimonios del Opus, numerosos en la concentración de Madrid, serían factorías a plena producción, llenas de gozosos operarios, y los de homosexuales, empresas en quiebra técnica no por falta de materia prima, sino por un problema de diseño.
Cada vez que oigo el argumento de que toda unión distinta a la de un hombre y una mujer no cumple con el objetivo para el que fue creada la institución del matrimonio, no puedo evitar la visión de un coro de purpurados cantando aquel viejo y etílico eslogan de nuestra gamberra juventud, "a follar, a follar, que el mundo se va a acabar", y tampoco es eso. Pero por mucho que me empeño en quitármela de la cabeza, la imagen vuelve de manera recurrente cada vez que pienso que precisamente los que propugnan la teoría de la productividad para garantizar la pervivencia del género humano, son los más absentistas escudados en un celibato que tienen que defender incluso ante las provocaciones de cualquier adolescente.
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