Dos muertos en accidente de trabajo en los tres días laborables que apenas hemos consumido de 2008. No eran ni eventuales, ni jóvenes sin preparación, ni aparentemente estaban realizando una actividad extraordinariamente peligrosa. Más bien al contrario: una rutinaria carga de hielo antes de partir a pescar y una no menos rutinaria revisión del autobús en el caso del responsable de La Vianesa que falleció el pasado miércoles en su garaje, lo que desdice en parte algunos de los motivos que más suelen destacar los sindicatos, aunque no esto no quiera decir que lo desmienta. Ocurre que el trabajo mata, a veces en circunstancias brutales, otras de manera más sibilina, en forma de enfermedad profesional, de estrés, de angustia...La estadística del año ha empezado a engordar muy pronto.
También ha empezado el conteo de otra estadística, la de las mujeres muertas a manos de sus compañeros. Han detenido en Coín (Granada) a un hombre acusado de apuñalar a su compañera hasta la muerte. No había habido denuncias previas por parte de la víctima. Alemán y británica, tampoco corresponden al patrón más habitual en estos casos. No importa. La violencia contra las mujeres es tan heterogénea como las causas de los accidentes laborales. Puede que se repitan algunos elementos, o algunas circunstancias concurran con más frecuencia, pero el abanico es demasiado amplio como para sistematizar. Al final nos conformamos con los números. Como ocurre con los accidentes de circulación. Dentro de doce meses saldrá el ministro de turno a sacar pecho porque los porcentajes han mejorado. O no. Tal vez salga el portavoz de la oposición culpando al Gobierno de todas las muertes. Los números están para interpretarlos, dicen los que saben. Las vidas que hubo detrás de esos números se toman a beneficio de inventario. A fin de cuentas, somos poco más que nuestro NIF.
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