La presentación del canal privado de televisión de los JJOO de China incluyó el espectáculo añadido, y fuera del programa previsto por los organizadores, de la irrupción en el escenario de la esposa del presentador del acto y vicepresidente de dicho canal, un conocido periodista deportivo chino, para denunciar en público la infidelidad de su marido. La mujer también es conocida por el público de China puesto que interviene en otro canal de televisión. "Hoy es un día especial para el canal olímpico, y es un día especial para Zhang Bin (el marido infiel), y para mí es un día especial también porque hace dos horas me he enterado de que, además de conmigo, el señor Zhang ha estado manteniendo una relación inapropiada con otra mujer", dijo la despechada Hu Ziwei tras alcanzar el atril donde su marido se disponía a dar inicio al acto.
Apenas tres días después del incidente, más de medio millón de internautas ya habían (hemos) descargado el vídeo. China mantiene una férrea censura sobre internet, pero a estas alturas es imposible poner puertas al campo. Hace años que la Gran Muralla dejó de ser una barrera que impedía el paso del enemigo, para convertirse en una mera atracción turística.
No quiero valorar la reacción de la mujer que descubre el engaño y se presenta en el trabajo del marido infiel sin reparar, o quizá por ello, que el marido trabaja delante de las cámaras de televisión. El asunto de los cuernos es todo un género en sí mismo y fuente de los chistes más procaces. El ser humano es tan complejo que muchas veces los dramas íntimos le producen hilaridad.
Pero viendo el vídeo me han venido a la cabeza otras imágenes en las que una mujer fuera de sí irrumpía en un acto público con profusión de cámaras de televisión. Fue en Moscú, tras la catástrofe del submarino Kursk en la que pereció toda su tripulación, y se trataba de la madre de un jovencísimo marinero que exigía a gritos responsabilidades a un hierático Putin y a la plana mayor de la armada rusa que le rodeaba en aquel acto. Aquella mujer desesperada fue reducida sin miramientos por unos cuantos individuos de paisano hasta que alguien le inyectó algo en un brazo antes de sacarla a rastras de la sala, en una escena que entonces me pareció una caricatura de las peores películas de serie B de la época de la guerra fría, cuando los comunistas eran tan tontos como malvados.
La doliente madre rusa y la esposa engañada china, dos mujeres desesperadas pero de carne y hueso, no de telefilm americano.
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