sábado, 5 de enero de 2008

Se llamaba Raúl y tenía cinco años

Aparecieron un buen día por el barrio. Una gitana gorda y vieja, de voz extremadamente grave para una mujer, y un bebé tumbado en una sillita de esas de tela y ruedas pequeñas, diseñadas para niños más mayorcitos. Se instalaron sobre la acera a la puerta del súper. Completaba el conjunto una caja de fruta de esas de madera, puesta boca abajo sobre el suelo a modo de mostrador para unas cuantas cabezas de ajo. Al cabo del tiempo nos dimos cuenta de que siempre venían los sábados por la mañana, así que deduje que la abuela se hacía cargo del nieto y a la vez aprovechaba para montar su diminuto negocio de los ajos, mientras los padres del bebé estarían trabajando en el mercadillo de ropa que suelen instalar los sábados en el pueblo. Me gusta jugar a adivinar las vidas de las personas con las que me cruzo por la calle.
El bebé aprendió a andar en unos pocos meses. Un sábado me lo encontré correteando por la acera, escapando de las llamadas de su abuela con su voz grave y tenebrosa, y al sábado siguiente ya había aprendido a entrar al bar donde a veces suelo tomar café. Era un crío vivaracho y descarado que aprendió a pedir con una mirada simpática antes que a hablar. Uno de esos gatos callejeros con siete vidas que desconocen el peligro y la vergüenza, que te hacen saber lo que necesitan y que agradecen una caricia como sólo las agradecen los que no las tienen. Viéndole saltar, brincar, entrar y salir, nos compadecíamos de la persona a la que le tocaría hacerle conocer la disciplina escolar.
La pareja ha formado parte del paisaje de mi barrio durante todos estos años. La abuela vende ajos y saluda a los clientes que entran y salen del súper e incluso ha sustituído la caja de madera por una cesta de la propia tienda. El crío corretea de aquí para allá, y de vez en cuando entra al bar donde a veces tomo café porque sabe que el dueño o algún cliente que le llama por su nombre, le invitará a un pincho de tortilla. Eso sí, le enseñan a pedir por favor y a dar las gracias. Y el chaval ha aprendido, ¡vaya si ha aprendido!, aunque muchas veces se haga el remolón, no sé si por el mero placer de llevar la contraria o porque prefiere conservar su rebeldía. Además, si en el bar no encuentra lo que busca, siempre le queda la panadería, donde nunca falta un richi para cada niño que entra. Desde al bar a la panadería habrá cincuenta metros, y justo en medio está la puerta del súper donde la abuela vende ajos. Todo un universo para el chaval.
Hoy la gitana de los ajos no estaba en la puerta del super y la señora de la panadería estaba desencajada, deseando en voz alta que lo que le acaban de contar sólo sea producto de la casualidad, una mala historia, tan mala que no puede ser posible. En casa he ido atando cabos con la ayuda del periódico. El chaval se llamaba Raúl, tenía cinco años y ha muerto ahogado en una acequia en Sestao. Se ha tenido que morir para que me enterara dónde y cómo vivía, a mí que me gusta imaginar la vida de la gente con la que me cruzo por la calle.
Me siento fatal.

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4 comentarios:

Javier Vizcaíno dijo...

Hos... tias!!
Menuda historia. Comprendo que te sientas fatal. A mí, sin conocerle, se me cayó el mundo encima cuando escuché la noticia en un boletín de la tarde de Radio Euskadi.
La tuve todo el día en la cabeza y me preguntaba si llegaría a saber algo del crío...
Un abrazo

Josetxu dijo...

Hermosa historia, sí señor.
Dura como la vida y muy bien contada.

Iñaki Murua dijo...

Oí la noticia en la radio, Juan Carlos, pero al leerte hoy la diferencia es enorme. Como cuando el del accidente de turno no es número estadístico más.

Juan Carlos Latxaga dijo...

Hoy he visto en El Correo una esquela que le han puesto los conocidos de la calle anunciando una misa para mañana. Por el estilo del texto hasta juraría quién ha sido la autora.
Estas cosas son las que me hacen russoniano a pesar de todo.