Gracias al departamento de Educación del Gobierno vasco, ahora sabemos también las circunstancias psíquicas y familiares de la agredida y de la, al parecer, principal agresora. La una viene de una familia desestructurada y no es el primer episodio violento que protagoniza. Incluso está medicada, pero como no sigue lo que los doctores le prescriben ha amenazado incluso con suicidarse. La otra está diagnosticada como hiperactiva, y tampoco es ajena a los episodios violentos. Una chica difícil que habitualmente se busca problemas con los compañeros.
Todo esto no los ha contado el departamento que dirige Tontxu Campos, que se ha hecho cargo del asunto no sé si porque las protagonistas están en edad de escolarización obligatoria, o porque los hechos sucedieron en el patio de un colegio que permanece abierto los festivos como infraestructura deportiva para el pueblo de Ermua. Me queda la duda de que si la agresión se hubiera producido en la estación de tren, por ejemplo, hubiera salido la consejera de Transportes a dar explicaciones.
Pero ha sido Educación quien se ha anticipado a informar con todo lujo de detalles. Tantos, que uno no puede evitar la sensación de que han querido lavarse la manos sacando a relucir el carácter conflictivo de las protagonistas. Algo así, como que ya las conocíamos y son dos piezas de cuidado. Que nadie se alarme: el sistema educativo funciona y esto es cosa de los garbanzos negros que siempre hay en un grupo tan amplio y en una edad tan difícil. El consejero de Justicia ha rematado el asunto recordando que desde la resolución del 'caso Jokin', en Hondarribia, no hay constancia de más casos de acoso escolar o problemas de índole semejante en nuestro sistema educativo.
Lo dicho. Todos tranquilos. Ha sido cosa de dos chicas conflictivas, con serios desajustes familiares, problemas de adaptación social y desajustes psicológicos. Nada que deba preocupar a la comunidad. Sólo son la excepción que confirma la regla.
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