En la comunicación también se me dice que a cambio de cumplir con mis obligaciones de ciudadano demócrata desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde del domingo, más la prórroga del recuento y rellenado de impresos varios, el Estado me compensará con 60 euros. También hemos mejorado algo en esto, pero, no desde luego, al ritmo de la inflación. No recuerdo cuánto me pagaron las dos veces anteriores que he rendido mis servicios al Estado democrático, pero creo que fueron algo así como seis o siete mil pesetas. En el caso de que decida escaquearme de mis obligaciones sin el preceptivo justificante médico, el Estado me anuncia que la Ley Orgánica del Régimen Electoral General prevé para mí penas de entre 14 y 30 días de privación de libertad y una multa de dos a diez meses. Seguro que si le pego un palo a una viejecita que va a votar al salir de misa, ganó más y arriesgo menos.
Ya he dicho que ésta va a ser la tercera vez que me toca estar en una Mesa Electoral, lo que me sitúa en una posición privilegiada en el ránking de ciudadanos comprometidos con las elecciones. Como me toque otra vez, creo que estaré en disposición de solicitar la concesión de la medalla al mérito electoral.
Espero que el entrenamiento del personal durante todos estos años, haya agilizado el trámite. Todavía recuerdo aquella vez en la que cuando procedíamos al recuento de votos, al abrir uno de los sobres apareció una foto de Bandrés en lugar de la papeleta de EE. La foto fue directa al montoncito de los votos nulos y la cosa no hubiera pasado de anécdota simpática de no ser porque el interventor de EE, tras soltar un exabrupto, se acordó de su madre, en el sentido literal del término. Aquel voto-foto había sido introducido por la señora madre del interventor de EE, pese a las instrucciones que éste le había dado para ejercer correctamente su derecho democrático al voto. Estábamos en un pueblo, la Mesa correspondía a un barrio y nos conocíamos todos, los miembros de la Mesa, los interventores y la madre del interventor de EE.
Lógicamente, los representantes del resto de los partidos se acogieron a la legalidad para advertir que, sintiéndolo mucho, la foto de Bandrés no podía computar como un voto a EE pese a los argumentos del interventor, que estaba dispuesto a traer a su propia madre para darnos las explicaciones pertinentes y certificar su voluntad de votar por el partido de su propio hijo. Lo que al principio fue una anécdota divertida derivó en una profunda discusión sobre forma y fondo, la literalidad de la Ley y su interpretación, y un tratado sobre intención de voto.
Mientras nosotros discutiamos cada vez más apasionadamente, en una televisión encendida en el bar de al lado, Felipe González y Alfonso Guerra componían aquella imagen con las manos enlazadas en alto en una ventana del hotel Palace. No sabían que en un pequeño pueblo de la costa de Bizkaia, media docena de ciudadanos estábamos cuestionando el sistema electoral, la legislación en vigor, el sistema D'Hont y la madre que lo parió. Sobre todo, la madre que lo parió.
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4 comentarios:
A ver si te cuadran bien los votos el día 9; será lo más lógico a tenor de tu experiencia ;-)
A mi no me ha tocado nunca, salvo una vez hace ya tiempo en unas elecciones sindicales por ser el más joven de la empresa.
Eso sí, hace unos pocos años estuve en la lista para ser jurado popular... esperando que pasara el tiempo previsto y no me avisaran, como al final resultó.
Muy bueno lo de EE. Y es que los votos valen, y si no que se lo digan a los que lo subastan en e-bay
Joé!! Yo diría que te tienen enfilado... Bueno, piénsalo por el lado positivo: seguro que el 10 de marzo nos haces una sinpar crónica de susedidos en el blog.
Ánimo!!
Pues a mi no me ha tocado nunca en este tipo de elecciones. Como a Iñaki, en las sindicales sí que he pringado por mi propia decisión y la de mi sindi, STEE-EILAS, y la verdad es que fueron un poco peñazo, sobre todo los conteos. Eso sí, de encuestador de "israelitas", creo que se llaman así a las que se hacen a la salida del colegio, de eso sí que he hecho varias, aquí y en Gasteiz, y resulta curioso cómo te responde la gente y eso que en mi caso era absolutamente anónimo y marcándolo en un papel que yo no veía y que iba a parar a una urna de cartón. Eso del voto secreto y las chochoringadas asociadas es casi una religión, y la gente dice lo que se le ocurre, no lo que ha votado. Lo curioso es que en mis colegios casi siempre acertábamos con el resultado que iba a salir, incluso sin abrir las cajitas.
Me queda el consuelo de que al menos me voy a enterar de cómo vota la gente de mi barrio. Curiosidad malsana.
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