Lo que pretendían los que convocaban el paro era una llamada de atención a la sociedad para que de alguna manera se visualizara que, a pesar de todo lo que está ocurriendo, la izquierda abertzale sigue existiendo y conserva su capacidad de movilización, aunque sea en parte.
Hasta ahí, el oyente tenía razón. Pero llamar la atención de la sociedad es una cosa y cuantificar los resultados de una convocatoria de huelga general es otra muy distinta. Una huelga general, por definición, tiene una motivación política y no laboral y, en este sentido, la izquierda abertzale no puede sentirse muy satisfecha en su fuero interno, salvo que haya perdido totalmente la noción de la realidad.
Donde yo vivo, la de ayer fue una jornada normal. Si no encendías la radio, nada ni nadie te hacía ver que era un día de huelga general, nada menos. Pararon de forma parcial algunos centros de enseñanza, pero, con todos los respetos a ese sector, todos conocemos la facilidad que tienen (hemos tenido) los estudiantes para solidarizarnos con cualquier tipo de causa que implique un día fuera de las aulas.
Es verdad que, tal y como señalan los medios de comunicación, hubo zonas donde el paro se dejó notar mucho más. Seguro que en más de un pueblo, de no encender la radio y la televisión hubieran jurado que el mundo estaba paralizado. No quiere esto decir que estemos ante dos países distintos; la fuerza de los piquetes, y la presencia policial no es la misma en Orexa, por poner un ejemplo, que en la Gran Vía de Bilbao.
Tampoco voy a culpar a los piquetes de mantener comportamientos antidemocráticos o de imponer su voluntad por la coacción. Eso está en la propia esencia del piquete de huelga, sea éste formado por miembros de la izquierda abertzale o por militantes de la UGT, si es que estos recuerdan eso de los piquetes y las huelgas.
Lo que a mí me queda de la jornada de huelga general de ayer es que no pasó nada que no estuviera previsto, ni nada que no hubiera pasado antes en este tipo de situaciones. La sociedad en general se limitó a hacer lo que hace cada día con algunas molestias añadidas por algún corte de carreteras o en el metro. Nada más grave ni más molesto que los cortes de carreteras que se producen a diario por culpa de un accidente de tráfico o de los retrasos que a veces sufre el metro por razones técnicas.
Y es que la sociedad, en general, sabe que las ilegalizaciones de partidos políticos suponen una limitación a la democracia, sí, pero que los afectados directamente tampoco han hecho nada por evitarlo. Al contrario. La soledad de la izquierda abertzale debería hacer reflexionar a sus militantes mucho más allá de los eslóganes como el del 'estado de excepción encubierto', o el colaboracionismo del resto de los partidos vascos con los 'aparatos represores del Estado'.
Los militantes de la izquierda abertzale deberían reflexionar si de verdad creen que durante estos treinta últimos años no han cometido un solo error y han sido siempre todos los demás los equivocados y los culpables; si de verdad creen que son los únicos poseedores de la verdad absoluta y, de ser así, por qué son menos cada día. (¿Los 40.000 ciudadanos vascos movilizados de los que habla Gara son tantos como para hablar de éxito de una huelga general?)
Se deberían preguntar a dónde les está conduciendo, y está conduciendo al país, su contumacia. Reflexionar no significa rendirse al enemigo ni convertirse en colaboracionista, por seguir su terminología. Significa usar la cabeza para algo más productivo que tratar de derribar una pared.
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