Sarkozy, siempre tan original, ha sido hasta ahora el único mandatario de relevancia que ha hablado de tomar medidas respecto a los Juegos, aunque en una traducción libre, de sus palabras se deduce que, como mucho, esas medidas no pasarán de su ausencia en la ceremonia inaugural. El sempiterno lenguaje de los gestos, tan caro a la diplomacia.
Volvemos pues a la vieja polémica de la política y el deporte y a la hipocresía de la comunidad internacional. No es de ahora, ni mucho menos, la política represiva del gobierno chino en Tibet, ni es nueva la escalada de violencia que sufre estos días aquel país. El Dalai Lama lleva décadas danzando por el mundo, explicando lo que sucede en su país y escuchando a cambio bellas palabras y recibiendo palmaditas en el hombro y hasta un Premio Nobel de la paz. No se podrá achacar pues a la ignorancia del COI la elección de Pekin en su día como sede de los Juegos de 2008. Como tampoco nadie podrá decir que no sabía que China es el país donde más profusamente se ejecuta la pena de muerte, o donde por decreto se producen gigantescos desplazamientos de masas para construir una presa que afectará dramáticamente al ecosistema, o donde se censura internet para privar a la población de la información que no interesa a sus autoridades. Pero cuando se dice nadie, es nadie, es decir, ni las autoridades políticas, ni quienes desde diversas organizaciones cívicas, tratan ahora de entorpecer el camino de la antorcha o piden el boicot a los Juegos, cuando apenas quedan cinco meses para su inauguración.
Todo el mundo ha (hemos) estado mirando a otro lado durante todos estos años. A lo sumo, se han escuchado algunas insinuaciones, referencias tangenciales al peculiar régimen político de Pekin. Pero ha habido si no unanimidad, sí un cierto consenso a la hora de sostener que la celebración de unos Juegos Olímpicos colaborará más a la democratización efectiva de China, que una negativa que conllevaría a un cierre de filas frente al presunto enemigo exterior.
La llamada comunidad internacional puede con todo. Lo mismo celebramos alegremente un Mundial de fútbol en la Argentina de Videla, que decretamos un boicot a los Juegos de Moscu porque la URSS ha invadido Afganistán. Queda tiempo hasta agosto para que se desarrolle el debate. Pero o mucho me equivoco, o a nadie se le ocurrirá entorpecer un acontecimiento organizado por un país formado por 1.300 millones de ávidos consumidores. Aunque la antorcha se apague por el camino.
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