No es éste el primer producto pseudo sanitario del que se descubre que lejos de proporcionar el bienestar que promete, provoca males mucho mayores en nuestro organismo que incluso en nuestro bolsillo. Ni será el último. De ahí mi asombro por el sistema que permite una y otra vez que estas cosas ocurran.
A cualquier responsable de la Sanidad pública le bastaría con escuchar cualquier emisora de radio durante veinticuatro horas para confeccionar un listado de productos a poner bajo sospecha. Si los publicistas no son tontos, que no lo son en absoluto, y tenemos que analizar el asunto desde su perspectiva o desde su búsqueda del target, deberíamos de concluir que formamos una sociedad enferma, muy enferma y muy mayor o, también puede ser, es que son los enfermos y los mayores los que más escuchan la radio en nuestro país. Productos contra el colesterol, contra la tensión arterial, sistemas para adaptar bañeras a personas con movilidad disminuida, un vademécum de adelgazantes, pegamentos para sujetar dentaduras postizas... mejor no escuchar la radio si uno tiene cierta tendencia a la hipocondria.
Deducir cuáles de estos productos son realmente eficaces y cuáles un simple placebo en el mejor de los casos, no debe de ser tarea excesivamente complicada para un experto. Pedir a los responsables de los medios que tengan el mismo rigor a la hora de seleccionar su publicidad como cuando seleccionan sus informaciones, es otro cantar, aunque no por ello debemos renunciar al mismo. Los responsables de que un producto no sólo no sea eficaz sino que sea directamente venenoso, son los que lo producen y lo venden, pero ya va siendo hora de que nos preguntemos qué grado de responsabilidad tienen los que lo publicitan otorgándoles cierta pátina de credibilidad con el envoltorio del resto de su programación. El consumidor poco avisado siempre confiará más en lo que se anuncia en la radio que en lo que puede leer en un pasquín callejero. Al fin y al cabo el lo han dicho en la radio, sigue constituyendo una especie de patente de credibilidad. El afán por recaudar el dinero de la publicidad no debe llevar a aceptar cualquier cosa. O es que alguien se creía de verdad eso de que acumulamos kilos de desechos en nuestro organismo. Por cierto ¿qué es el oxígeno activo?.
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3 comentarios:
Señor Latxaga, ante todo darle las gracias por su comentario a mi blog y por su gesto de incluirme en favoritos.
Acerca de lo que dice hoy, y que me llega tan directo, me gustaría recomendarle un libro que ya no estoy muy segura de que exista o me lo he inventado yo, porque nadie lo conoce. Me refiero a "Obras incompletas" de Felisberto Hernández. En este librito de relatos hay uno en el que una empresa "muebles el canario", creo que se llamaba, inyecta la publicidad a los usuarios del autobús urbano, de manera que los infectados no pueden dejar de escuchar la cantinela muebles el canario hasta el final de sus días.
Sin llegar a estos extremos,los publicistas somos testigos de primera mano de la perversidad del capitalismo feroz. La solución es difícil, pero creo que se combate con cultura y ética.
Cultura y formación para no creerse milongas. Ética empresarial por parte de los fabricantes, aunque sólo sea porque al final la ética resulta rentable. Ética política.
En cuanto a los publicistas, tenemos la misma obligación que los anteriores. También los periodistas.
Yo soy tan estoica que mis padres renunciaron a castigarme privándome de cosa alguna, pero comprendo que hay quien reacciona de otra manera cuando ve pasta encima de la mesa.
Señor Latxaga, creo que últimamente hablo más con usted que con las personas que tengo alrededor. Comienzo a dudar de mi existencia real, tanto como de la de Felisberto Hernández. ¿Será que la vida es virtual? Desde Platón a Bill Gates quizás no haya más que una breve pausa.
Saludos
Te adelantaste, Juan Carlos, ;-)
Iba a escribir que este asunto me recuerda a aquellos charlatanes que vendían crecepelo, curatodo y similares... pero que entonces no había tantas autoridades competentes (?)
Interesante y creo que muy certera la reflexión de la infiltrada sobre que al final la ética resulta rentable. Lo malo es que muchos empresarios ven ese final tan lejano que prefieren coger el atajo.
Iñaki, los charlatanes que vendían crecepelo eran unos juveniles comparados con estos bruites que te venden oxígeno activo y te preguntan a qué huelen las nubes. Lo increíble es que la clientela que se dejaba engañar por los vendedores de peines ahora sigue comprando crecepelo. No sé si es un problema de cultura y formación como dice nuestra infiltrada o es que nos encanta ser unos ingenuos capaces de creérnoslo todo. Bueno, en realidad no hay más que ver los millones que nos gastamos en lotería y derivados.
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