jueves, 17 de abril de 2008

Un chorizo envuelto en titanio

La noticia de que el director financiero del museo Guggenheim, Roberto Cearsolo, ha confesado ser el autor de una estafa de cerca de medio millón de euros, llevada a cabo durante diez años, ha causado la lógica conmoción y ha animado a más de uno a pedir responsabilidades por elevación, primero a Juan Ignacio Vidarte, como director y máximo responsable de la pinacoteca, luego a los cargos políticos de los departamentos de Cultura de la Diputación de Bizkaia y del Gobierno vasco, al PNV y por qué no, no faltará quien llegue hasta el lehendakari y si se me apura, a su famosa hoja de ruta y la consulta. Al fin y al cabo los políticos se dedican a tirar del hilo para hacer su propio ovillo y ya hay anunciadas peticiones de comisiones de investigación.
Tampoco faltan los que ejercitan su memoria a partir de la estafa de Cearsolo y la equiparan al caso de la Hacienda a Irún, el del candidato interruptus a la Diputación de Gipuzkoa a quien se le olvidó declarar al fisco todos los pisos que tiene, o al asunto del Museo Balenciaga de Getaria, donde un listo se dedicó a regalar pañuelos firmados por el modisto a las esposas de algunos cargos públicos del PNV.
Y conviene apuntar que no es lo mismo, aunque sean todos casos de flagrante corrupción. Pero es que hay diversos tipos de corrupciones, sin que ello quiera decir que unas sean peores que otras. Todas son igual de intolerables y, por lo tanto, merecen primero la sanción del respetable público y luego la de los tribunales, sin que el orden de los factores altere el desprecio. Pero permítaseme apuntar que también hay especialidades en esto de la corrupción y el mangoneo que son dignas de ser estudiadas aparte y cada una en su contexto.
No es lo mismo la labor concienzuda y a lo largo de los años de un corrupto como Cearsolo, que empezó a desviar dinero a sus cuentas hace diez años, o sea, prácticamente en el momento mismo en el que tomó posesión de su cargo, que fue cuando el Guggenheim abrió sus puertas, lo que le otorga categoría de corrupto profesional y tenaz, a un promedio de cincuenta mil euros de desviación al año, que el caradura que pretende quedar bien con sus jefes regalando pañuelos de firma a sus señoras, modalidad ésta de agradar a las parientas que ya patentaron algunos cargos del PSOE cuando ocuparon el ministerio de Interior. Disparar con pólvora del rey se llama la monárquica figura. Y por supuesto son muy diferentes los casos de Irún y del candidato nonato a diputado, donde a la corrupción propiamente dicha se le suma una historia de vendettas y ajustes de cuentas entre miembros de la misma familia muy del gusto siciliano.
Del asunto de Cearsolo se deduce que nadie está salvo de los chorizos con propensión a meter la mano en la caja, que donde hay confianza (o cargos de) da asco, y que el tal Cearsolo, mucho licenciado en económicas y empresariales por Deusto y mucho director financiero del Guggenheim, pero escribe las confesiones con una sintaxis que no pasaría la selectividad.
Toda esta profusión de golfadas autóctonas nos conduce finalmente a la conclusión de que la picaresca, tan española que hasta dio origen a un subgénero literario desconocido en el resto del mundo, está tan arraigada entre nosotros que ya no sé que decir del hecho diferencial. Y cuidado que Sabino ya nos advirtió de los peligros de mezclarnos con la corrupta sangre española y sus virus que promueven las bajas pasiones y una pereza congénita. Pero nada, no hay manera. Se ve que algunos han echado en saco roto las enseñanzas del fundador y se han dejado contaminar.

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4 comentarios:

Iñaki Murua dijo...

Al final tanta Q y tanta calidad en el museo... menos mal que era alguien de toda confianza que estaba desde el principio en el proyecto.

Post divertido, aunque igual el último párrafo es un poco heavy, Juan Carlos.

Juan Carlos Latxaga dijo...

Me temo que si el párrafo te parece heavy quiere decir que, parafraseando a JV, la ironía tampoco se entiende en el blog. O te refieres a otra cosa?

Iñaki Murua dijo...

En efecto, en la comunicación mediada por ordenador, vía escrita, no es nada fácil distinguir el tono, la intención. De ahí que yo suela recurrir al uso de emoticonos. En el caso de algunos, cuesta incluso de modo presencial, ¿eh, JV? :-D

Y es que, Juan Carlos, si cuando hablaste de "maderos" hubo quien se molestó, igual ahora te llueve algún palo que otro ;-)

una infiltrada dijo...

Soy la que se molestó por lo del madero. Nada de palos, Iñaki. ¿Qué sería de nosotros sin la ironía?
Qué cosas, cincuenta mil euros al año, eso es como lo del anuncio aquel: tacita a tacita.
Saludos