El artículo en cuestión, que merece una lectura detenida, se refiere fundamentalmente a los esfuerzos que dedica buena parte de la población india a aclarar el tono de su piel utilizando para ello pócimas, cremas y otros productos milagrosos que fabrican, comercializan y potencian marcas y empresas que aquí en nuestro occidente de bienestar y bienpensancia, pasan por ser campeones de la ecología, del buen trato a los animales y de la nueva belleza de las mujeres 'normales', en contraposición con las modelos de revista. Tampoco es nada nuevo. Si revisamos cualquier faceta de eso que llamamos 'mercado' encontraremos que nos dedicamos a vender en África y aledaños todos los ordenadores que a nosotros no nos sirven, los yogures cuya fecha de caducidad ya ha vencido para nuestros delicados estómagos, o la ropa que tiramos.
Pero la fascinación por lo blanco que tienen los negros o los de piel oscura se podría comparar con otras fascinaciones más cercanas que nos afectan directamente a nosotros. Basta un repaso por las televisiones por satélite para comprobar con sorpresa que los locutores del canal andaluz no tienen el acento propio de su tierra o el asombroso porcentaje de mujeres rubias que trabajan en las emisoras colombianas o ecuatorianas, muy superior, sin ninguna duda, a la media que se puede observar en las calles de sus ciudades.
También nosotros disfrutamos como micos hablando del know how, el gap, el target o cuando nos invitan a la fashion week de Madrid o a un lunch en la empresa, que son nuestra manera de parecer más blancos a los ojos del amito, para lo que contamos con el permiso de los promotores del manifiesto en defensa de la lengua común. Hasta en la católica COPE he oído un anuncio de viajes para celebrar el pagano Halloween en el puente del antiguo Todos los Santos.
Claro que a nosotros no nos engañan con cremas ni con lejías que blanquean la piel. Nosotros ya nos bastamos para engañarnos solos. Hasta en eso somos superiores a los oscuritos de tierras lejanas.
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