La Audiencia Nacional ha condenado a 21 líderes de Gestoras a penas de entre ocho y diez años de cárcel, que se dice pronto, y ha declarado también ilegal su organización. Tal y como estaba previsto.
ANV era un partido anterior a la Guerra Civil con un bagaje democrático que ya les gustaría tener a algunos. Las Gestoras Pro Amnistía nacieron tras la muerte de Franco con objeto de promover una rápida excarcelación de los presos vascos. Entre sus fundadores hubo personajes ilustres de la cultura, el deporte y la sociedad vasca. Chillida les hizo el logotipo. El paso del tiempo ha desnaturalizado tanto a ANV como a Gestoras. Las dos organizaciones que los tribunales acaban de ordenar disolver no se parecen en nada a lo que fueron. Tampoco el PSOE es el de la República, precisamente, ni el PNV se parece mucho a aquel que fue un día, por mucho que teorice con el péndulo.
Mientras tanto, entre la ilegalización de unos y la condena de otros, ETA ha estado a punto de asesinar a un policía con una bomba lapa adosada a los bajos de su coche. Con tan macabro pegote anduvo el hombre desde su casa hasta el cuartel donde trabaja. Diez kilómetros a lo largo de los cuales la bomba rodante se cruzó con otros coches y peatones. Esta vez ha habido suerte.
Los jueces ilegalizan y condenan organizaciones y militantes de la izquierda abertzale. Llevan varios años haciéndolo. ¡Disuélvanse!, gritaban los grises un segundo antes de que el oficial al mando diera la orden a sus hombres: ¡procedan! Y llovían las pelotas y los porrazos. ¡Disuélvanse! sentencian ahora en los tribunales.
La sociedad lleva más años todavía que los jueces gritando ¡disuélvanse! a ETA, sin éxito alguno como lo demuestran los hechos. Así no vamos a ninguna parte, está claro. Los emisores del mensaje, ¡disuélvanse!, y sus receptores, están en distinta frecuencia, y así es imposible. Sólo el día en el que la izquierda abertzale pronuncie la palabra, ¡disuélvanse!, dirigiéndose a ETA, existirá la posibilidad de que el mensaje encuentre a su destinatario. No hace falta que griten. Pueden decírselo bajito, al oído. Una vez que todos hemos constatado que así no vamos a ninguna parte, alguien tendrá que decir que hasta aquí hemos llegado.
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