Sean 54 o 69, la cifra es lo suficientemente elevada como para merecer una mayor consideración de la que se le da en los medios. Los accidentes laborales ocupan en el subconsciente colectivo el mismo lugar que los accidentes de tráfico. Nos hemos resignado a que cada lunes nos cuenten que el fin de semana, quince, veinte o treinta personas han perdido la vida en las carreteras, de la misma manera en que hemos asumido que cada dos o tres días nos informen de que un trabajador ha muerto quemado, aplastado o descalabrado. Contabilidad pura y dura que esconde un drama inconmensurable. Sólo si en el accidente, sea de tráfico o laboral, fallecen de golpe media docena de personas, la noticia adquiere rango de apertura de informativo. El criterio de la muerte al peso. Y entonces aparecen los expertos, los sindicalistas y los políticos para dar sus respectivas versiones del asunto y sacar a pasear el dedo de señalar a los culpables. Hasta la próxima ocasión...
La muerte en el andamio, en la mina, en el taller... se ha asumido como un mal inevitable, consustancial a la propia actividad laboral. Los sindicatos denuncian la temporalidad de los contratos, la baja cualificación de los trabajadores, la sobreexplotación en suma, mientras cumplen con el ritual de la pancarta en horas de oficina... y a otra cosa.
Las muertes de trabajadores no desatan eso que algunos medios han dado en llamar alarma social, que no consiste en otra cosa que en la repetición ad nauseam de una serie de noticias referentes a un mismo tema hasta dar la impresión de que todo el mundo está hablando de lo mismo. 54 muertos en la CAV o 69 en Euskal Herria, en lo que llevamos de año son demasiados para asumirlos como un mal inevitable y suficientes para que la sociedad se alarme de verdad, pero es más fácil crear alarma social por la proliferación de perros peligrosos o por la lengua azul de las vacas. Ya sé que me he puesto demagogo, pero no he podido evitarlo.
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