lunes, 29 de septiembre de 2008

Fútbol, bengalas e hipocresía



El fútbol sufrió el sábado en el Estadio Olímpico de Barcelona otro nuevo episodio de vandalismo que vuelve a encender el debate. Menos de veinticuatro horas después, en Madrid la policía requisó un arsenal a los hinchas del Sevilla que se disponían a acudir al partido que su equipo iba a disputar en el Calderón El comentarista de la Cadena SER Josep Ramoneda ha llegado a describir el fútbol como el vomitorio por donde desagua la violencia intrínseca que anida en la sociedad y, en este sentido, ha destacado el carácter beneficioso del fútbol, puesto que permite que la violencia se circunscriba a los estadios. Ramoneda ha razonado con la misma lógica de los que defienden el carácter medicinal de la prostitución que permite que pervertidos y degenerados desahoguen sus vicios previo pago a una profesional, dejando así a salvo al resto de las mujeres. Cuando sus contertulios han hecho ver a Ramoneda que deportes tanto o más violentos como el fútbol como puede ser el fútbol americano, enmarcados en una sociedad tanto o más violenta que la nuestra, son amables espectáculos familiares, el comentarista ha afirmado que la sociedad americana vehiculiza su violencia por otras vías. "Allí todo el mundo está armado", ha llegado a decir.
No comparto la tesis de Ramoneda porque no creo en el binomio fútbol-violencia como tal. Ocurre que el fútbol como fenómeno de masas que es, concita en sí mismo todas las características que definen a la sociedad. Estoy convencido de que si no hubiera fútbol, los violentos ya se buscarían otro escenario para sus fechorías.
Lo que me indigna de verdad es la hipocresía que aflora en el minuto siguiente de que ocurran hechos tan lamentables como los del sábado pasado en Montjuic. Nadie es responsable de lo ocurrido y todo el mundo señala al vecino como culpable. El País hace un relato pormenorizado de los hechos del que se desprende una cadena de errores que desembocaron en los incidentes posteriores.
Es esa hipocresía, ese mirar para otro lado, ese acusar al vecino de los males propios, lo que está impidiendo que se habilite una solución a un problema que permanece latente y emerge con regularidad cada temporada. Lejos de meter a todos en el mismo saco, las autoridades competentes harían bien en hacerse con un perfil definido de cada afición, de cada equipo, de cada estadio, de cada ciudad, de cada presidente... y de cada medio de comunicación. Porque no todos son iguales, aunque muchos se parezcan como gotas de agua. Hay estadios y aficiones con un historial lo suficientemente amplio como para estar algo más que bajo sospecha.
En la misma tertulia de la SER, alguien, no sé si el propio Ramoneda, se ha referido negativamente a un eslogan propugnado desde su misma casa, o sus aledaños empresariales, "a por ellos", para encender los ánimos de la gente en la pasada Eurocopa, pero algún contertulio se ha apresurado a restar carga violenta a semejante grito. Solo significa que queremos ganar al rival, no machacarle, ha dicho el sesudo exégeta. ¡Ah la hipocresía!. Cuando se trata de la selección gritar "a por ellos" es algo inocuo, sólo significa que queremos ganar el partido. Claro que si son nuestros rivales los que gritan "a por ellos" estaríamos ante una intolerable apología de la violencia.

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