Se abrió entonces un debate curioso sobre la conveniencia de pagar rescate para acabar con un secuestro, es decir, sobre el dilema entre la legitimidad de tratar de salvar vidas y haciendas como sea, y la legalidad que prohibe expresamente pagar un precio por la libertad. El debate se planteó, todo hay que decirlo, fundamentalmente entre aquellos cuyas probabilidades de ser secuestrados mientras trabajan en el Océano Indico son similares a las que tienen de que les toque el bote del Euromillón. Claro que su Euromillón es precisamente éste, el plantear debates, hablar y exigir al prójimo la valentía que ellos no tienen necesidad de demostrar.
Los otros, los que trabajan en el Índico, sus familiares y amigos, los que ven la realidad a ras de tierra y no desde la altura del púlpito, no plantearon debate alguno al respecto; se limitaron a pedir que les protegieran en su trabajo. Con escaso éxito, a juzgar por lo que ha vuelto a suceder. En Europa las historias de piratas nos suenan a Stevenson, así que da la impresión de que los responsables de habilitar una solución se lo han tomado con calma, como si no se acabaran de creer del todo lo que les cuentan.
Claro que en estas historias de piratas el siglo XXI, cabe una interpretación muy distinta a la que a primera vista nos propone el argumento. Somalia es un país sin Estado, ley, ni orden. Un país sin capacidad para fijar, y mucho menos defender, sus aguas territoriales ni los recursos naturales que guardan. En el Oceáno Índico, como en el Pacífico, faenan las flotas industriales de los países más desarrollados y pescan cantidades ingentes, sin ningún control, sin tasa ni medida y con absoluto desprecio a cualquier criterio ecológico. A lo mejor habría que empezar el debate por ahí, para luego seguir con otras discusiones. Pero eso complicaría mucho las cosas. Es más sencillo seguir hablando de piratas del siglo XXI, de esos que han sustituido el garfio por la ametralladora. Da para hacer literatura y algún que otro reportaje ad hoc.
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