Me refiero a todos nosotros, pobres mortales sujetos a unas leyes del trabajo que a punto han estado de dar un nuevo giro de tuerca para equiparar nuestros convenios con los que firmaban en el sector de la construcción egipcio en tiempos en los que edificaban las pirámides.
El Parlamento europeo ha echado atrás (de momento) la pretensión de la mayoría del Consejo de Ministros de Trabajo de elevar a 65 horas la jornada laboral semanal. Por supuesto, esa pretensión era por nuestro bien, claro que sí, para sacarnos de las garras de la crisis que nos reconcome a base de EREs y despidos. Se han apresurado a decirnos que las 65 horas no eran obligatorias, sino sólo el techo máximo en la negociación. Lo que no nos han dicho es cómo se negocia con alguien que sabe hasta donde puede estirar el límite y que, además, tiene la potestad de despedirte si no te muestras muy partidario de alcanzar esos límites.
La sola idea de pensar que hay por esos despachos gente capaz de alumbrar semejantes ocurrencias, me ataca los nervios. Pero si a ese individuo que se le ocurre que trabajar 65 horas a la semana puede ser una buena idea, le sumas una veintena de su calaña y más de doscientos a los que también les parece bien y votan a favor, la sensación es devastadora.
Prorrogar la edad de jubilación hasta los setenta años o más allá, elevar la jornada laboral hasta volver a los primeros tiempos de la revolución industrial, abaratar los despidos, hacer de la inseguridad el valor más seguro para las empresas, son soluciones que nos proponen para hacer nuestra vida más feliz. Lo mejor es que algunos hasta se lo creen
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