Me dice Azkarate que si tengo la paciencia suficiente para leer los dos documentos podré encontrar 'el relato de lo dicho y hecho' en el Guggenheim y en Balenciaga. Lo siento. Tengo paciencia, pero ahora mismo me falta tiempo para leer con la atención que se merecen dos textos largos y ciertamente prolijos a simple vista. Lo haré en cuanto tenga ocasión y estas fechas pueden ser propicias. No es que sean dos cuentos navideños precisamente, ni tienen nada de dickensiano las fechorías de dos pájaros que se han llenado los bolsillos a costa del erario público, pero tiene razón Azkarate cuando nos pide a los ciudadanos que nos informemos más allá de lo que digan los medios de comunicación. El libro de estilo más pedestre aconseja contrastar al menos dos fuentes. Además, el esfuerzo de la consejera y su idea de defenderse explicando su versión mediante un mailing electrónico, merecen una consideración. Que a alguno de nuestros políticos se le haya ocurrido emplear este medio para hacer llegar su versión a los ciudadanos ya es una novedad.
Tengo a la señora Azkarate en una buena consideración y estoy convencido de que le ha tocado interpretar el papel de víctima política en todos estos asuntos. La obligación de la oposición es pedir la dimisión del responsable de turno así que falle un semáforo. Qué menos que pedir la cabeza de la consejera si vuelan los millones del Guggenheim o del Balenciaga, envueltos estos últimos en pañuelos diseñados por el afamado modisto para realzar la elegancia natural de las esposas de algunos cargos del partido.
No creo que sea Miren Azkarate la responsable de estos desaguisados, aunque como ella misma proclama, no tema las responsabilidades ni rechace asumirlas. Los responsables son quienes en su día idearon este sistema de sociedades compartidas, interpuestas, públicas privatizadas y privadas publificadas. Quienes amasaron ese maremagnum de consejos de administración, fundaciones, patronatos y demás formulas que, a la vista está, lo único que pretendían era disolver las responsabilidades siguiendo los principios de la homeopatía, mezclándolas ad infinitum hasta hacerlas imperceptibles al ojo humano. Y ahí, me temo, estuvieron todos. Los que ahora defienden su honorabilidad mancillada y quienes se rasgan las vestiduras poniendo cara de escandalizados.
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